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Euskonews. 744 Zenbakia 2019-11-20 / 2019-12-18
La de Amorebieta es solo una prisión más del entramado carcelario
femenino que se reparte por toda la península, desde la cárcel de
mujeres de Girona, la de Oblatas de Tarragona; Les Corts en Barcelona;
Santa María del Puig en Valencia; Can Sales en Palma de Mallorca, la
prisión de mujeres de Málaga, La de Guadalajara; Las Ventas y La
maternal de San Isidro, ambas en Madrid; otras cárceles castellanas,
gallegas, asturianas, y, por supuesto, las cárceles vascas —Saturraran,
Amorebieta y Durango—.
Todas ellas tienen en común el ser
prisiones centrales o de cumplimiento de pena, diferenciadas de las
prisiones provinciales existentes en todas las capitales de provincia y
de las prisiones habilitadas, figura esta última recurrentemente
utilizada durante la guerra para recluir a hombres y mujeres
republicanos, que ya no caben en las prisiones oficiales.
Las
mujeres son enviadas a las cárceles del norte, después de haber pasado
por otras de la península de las que integran el «circuito carcelario»,
creado por el Régimen para encerrar a todas las «individuas» calificadas
de «peligrosas», en el correspondiente consejo de guerra y condenadas a
cadena perpetua o a penas desde veinte hasta seis años.
En esta
cárcel entran mujeres comunistas: las más famosas e históricas son
Tomasa Cuevas, Julia Manzanal o Trinidad Gallego, todas ellas
madrileñas, pero también encontramos a Crescencia Uribe, hermana del
dirigente comunista y ministro de Agricultura del gobierno republicano
Vicente Uribe, exiliado en México y que, ya en los años cincuenta,
pugnaría en vano contra Santiago Carrillo por el control del PCE.
El
resto son mujeres anónimas, campesinas, costureras, lavanderas,
enfermeras y maestras republicanas y estas últimas serán las encargadas
de alfabetizar a sus compañeras dentro del programa de «redención» que
se establece para reducir condena por día de trabajo, como es el caso de
la maestra Marina, la madre encarcelada de la entonces niña Marina
García.
El sistema carcelario franquista pone especial énfasis en
la moralidad y la reeducación en prisión, con arreglo al modelo de mujer
defendido por el Régimen y para ello, confiará este alto cometido a las
hermanas de San José, con Simona Azpiroz, la madre superiora de las
hermanitas, al frente. Durante un periodo, se cree que esta cárcel
también estuvo regentada por monjas Oblatas. Las monjas forman parte de
la Junta de Disciplina y de ella dependen los castigos, como el de la
censura de las cartas o el aislamiento en celda, así como las propuestas
de libertad condicional de las presas a su cargo.
Aun así, el
mayor de los castigos de estas mujeres no es el hambre, (que en
Amorebieta es un enemigo más terrible que en otros lugares, si cabe), ni
la falta de higiene (no se construyen duchas hasta agosto de 1943, ni
tampoco existe un proyecto para construir cámaras de despiojamiento de
las ropas cuando estas cámaras ya existen en casi todas las cárceles y
Saturraran dispone, al menos, de un proyecto de obra). Tampoco la falta
de asistencia médica es lo peor (el médico sólo certifica las
defunciones). El mayor de los castigos es la muerte de los niños y la
separación de estos de los brazos de sus madres para darlos en adopción,
a partir de que cumplen los tres años, tal y como dispone el reglamento
de prisiones, común a todas las prisiones femeninas.
El
testimonio de Trinidad Gallego, una de las presas de esta cárcel,
madrileña y matrona de profesión dice: «En Amorebieta las madres solo
ven a sus niños un ratito al día (...) Los oyen llorar, pero las monjas
no las dejar ir. Y si los niños están enfermos, tampoco. Y la que pare
va cinco minutos a darle el pecho, pero nada más».
Los niños solo
adquieren identidad si están muertos y sólo al ser registrados en el
Juzgado de Paz, si no, dentro de la cárcel ni existen. Sus nombres no
figuran en el oficio que la madre superiora firma para permitir la
salida del cadáver del edificio ni tampoco en la solicitud al
ayuntamiento de Amorebieta para un enterramiento de beneficencia.
Las reclusas de esta prisión, ni siquiera pueden salir al huerto a
tomar el aire. Pasan el día entre cuatro paredes con sus rezos, sus
cánticos y el trabajo en los talleres de costura, que llegan a ser muy
importantes por la gran cantidad de uniformes que confeccionan para el
ejército vencedor.
Alguna de las presas, como Tomasa Cuevas,
cuando sale de Amorebieta y es conducida de nuevo a Ventas, llama a esta
cárcel «El cementerio de las vivas».
Tras 8 años de
funcionamiento, 48 fallecimientos y más de 1.200 mujeres excarceladas,
la prisión se clausura en 1947, junto a la de Alcalá de Henares y el
Reformatorio Especial de Mujeres de Santa María del Puig de Valencia y
el edificio es devuelto a los Carmelitas Descalzos de San Joaquín de
Navarra.
La de Amorebieta ha sobrevivido a la de Saturraran, clausurada el 19 de mayo de 1944, dando fin a un periodo duro y tenebroso.
Ascensión
Badiola Ariztimuño, doctora en Historia Contemporánea y escritora, ha
publicado el relato de esta prisión en un libro titulado Individuas Peligrosas. La prisión Central de mujeres de Amorebieta 1939-1947, editado por Txertoa (2019) (200 páginas).