Es uno de esos días lluviosos y desapacibles, típicos de Bilbao en primavera. Me pongo un impermeable, me calzo las botas, abro un paraguas y me dispongo a pasear por el Cementerio de Vista Alegre, distante a once kilómetros de la villa bilbaína.
La intención de tan estrafalaria excursión es identificar los panteones de las personas, cuyos huesos reposan en esta ciudad de muertos, pero que hace no tanto, paseaban por nuestras calles, compraban en nuestros mismos mercados, comían y bebían en las tabernas bilbainas, negociaban la venta de terrenos, construían la Gran Vía y la plaza de Indautxu o aprobaban proyectos para construir la ciudad que nos hemos encontrado los que hoy la habitamos.
Recorreré este camposanto construido en 1902 y para ello, llevo el plano que me han facilitado en las oficinas de Vista Alegre, por gente que ama su trabajo y que tienen un sueño hermoso, el de dar a conocer este bellísimo lugar, impulsando las visitas guiadas que ayuden a admirar la maestría del arte funerario.
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Se oye un rumor. Es brisa o puede que voces. Son los muertos que quieren recordar. Hablan entre ellos, discuten sobre cómo eran las cosas que sucedían en su tiempo de vivos, regresan a sus momentos estelares, al tiempo en que construyeron sus vidas, forjaron sus fortunas, dieron a luz a sus hijos y admiraron un amanecer con ojos ilusionados. Parece mentira que, en apenas veinte hectáreas, haya lugar para tanta eternidad; que esta tierra quieta rebose tanta vida de otras épocas y que cobije a quienes construyeron las calles de esta ciudad, a los que la dibujaron y la bocetaron, a los que hicieron el funicular, a los que la pintaron y cantaron. Aquí yacen los huesos de cientos de hombres y mujeres, ellos, oligarcas, escritores, escultores, obreros, pintores y revolucionarios que estudiaron y pelearon para traernos el mundo de hoy.
Ellas, fueron sobre todo madres, esposas, abuelas, educadoras, algunas pocas lograron ser empresarias, comerciantes, benefactoras y artistas. Para recordarlas, evocaremos sus tardes de merienda, su silueta oculta tras el hombre, su mejor atardecer, el dolor con que parieron a sus hijos.
Asistiremos a la inauguración de una línea de ferrocarril, a la alegría de una victoria electoral, aunque fuese amañada, como sucedía habitualmente entre los siglos XIX y XX.
Este texto discurre entre la tragedia de la muerte de los niños del Circo del Ensanche y los fuegos artificiales de los albores del siglo XXI; se oyen campanas que tocan a muerto, pasos con eco de piedra sobre los baldosines de las siete calles, los cascos de un caballo que trota en corto en un paseo en carro por las orillas de la ría, bajo los tilos y con la brisa fresca del norte refrescándonos la cara o bajo la lluvia posterior, con sinfonía de gaviotas en los oídos.
Voy a moverme entre tumbas para aprender que vivir es sobre todo morir, y que no se puede morir sin haber vivido. Aprenderemos de sus vidas ahora que todavía estamos a tiempo, antes de que también seamos tierra.
Et in pulverem revertis


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