Primer capítulo de Martina, guerrillera







El río Niemen


Había de ver todavía a mis años que, ciertamente, el tiempo no transcurre en balde, pero que, cuando alguien se obsesiona con algo, no es el tiempo sino la obsesión lo que importa. Exhausta por el esfuerzo de reflexionar sobre esa esclavitud ingobernable, dejé que la mirada se extraviase de nuevo en el horizonte, en el trigal esponjoso, en el campo diáfano que divisaba desde mi ventana. Descansé la vista sobre la belleza del paisaje, en la danza leve de las espigas a favor de la brisa, y eso me distrajo un poco del ansia de saber lo que decía aquella carta, escrita por alguien cuya firma no conseguía descifrar del todo. Una carta que iba a descubrirme lo ciega y equivocada que puede estar una persona durante toda su vida cuando se deja llevar por una idea fija o intoxicar por el veneno de la venganza.
En esas y otras meditaciones andaba yo, con la mirada posada sobre la extensión de los campos dorados, cuando tuve que encender tres velas y, a pesar de la llama viva y de la luz del día, apenas alcancé a distinguir las letras ni a juntar palabras que dieran sentido a una frase.
Me cansé tanto, que tuve que llamar a Felipa para que avisase a don Fabián, que estaría en la iglesia. El cura era el único que podía ayudarme a deshacer el barullo de letras que contenían los papeles que acababa de recibir y que nadie, salvo él mismo, podría comprender, pues los criados no sabían leer.
—¡Felipa! ¿Es que no me ha oído? Mande usted a Galdeano a buscar a don Fabián para que me ayude con este asunto.
—Voy, señora. Andaba ocupada en el lavadero y no le había oído, pero en un rato estará aquí el señor cura —me informó secándose en el delantal las manos violáceas por culpa del agua helada. Yo también tenía todavía los dedos abiertos y supurantes del contraste del frío ambiente reinante y del calor del fuego, pero quién podía resistirse a acercar pies y manos al amor de la lumbre con aquellos inviernos helados y las nevadas que veníamos sufriendo año tras año. Sin embargo, ya se sabe, una no ha de quejarse si agua de febrero llena el granero. Y eso que hacía ya bastantes semanas que los carámbanos se habían deshecho con la llegada de la primavera, pero el viento venía norte y atravesaba el alma sin ningún pudor. Yo solía oírlo soplar por la calleja de atrás, silbante y atrabiliario como un marido viejo. Golpeaba las contraventanas sin piedad y por las noches se filtraba por los resquicios de la casa y se colaba por los pasillos y las habitaciones como un espíritu desazonador.
Regresé a mis letras de picos altos y vocales barrocas. Probé a leer, primero, de corrido; después, a fijarme en cada rasgo. Y nada. Las palabras se ponían en movimiento ante mis ojos y dejaban rastros difuminados de tinta, y allá donde debían estar las consonantes y las vocales no conseguí encontrar otra cosa que oraciones huidizas y borrosas.
Apoyé los brazos en mi regazo con la carta entre las manos y estuve así largo rato, esperando a que la puerta del zaguán chirriase, mientras ladraban los perros, las llamas chisporroteaban y el silencio del campo se doblegaba al aullido del viento.
Don Fabián llegó cuando yo ya casi había echado un sueño con la cabeza caída sobre el pecho, pero la carta seguía aprisionada entre mis dedos, cuidadosos de no perderla.
El sacerdote entró, me saludó, tomó asiento y, sólo cuando le sacaron un café de los que Felipa sabía hacer, de color azabache y aroma penetrante, se dispuso sin ninguna prisa a leer la carta, tras dejar la tacita sobre una mesilla de madera que tenía junto al sillón.
—Parece una letra difícil, pero conseguiremos leerla, saltando algún que otro obstáculo —dijo don Fabián después de echarle un vistazo al papel y de carraspear, dispuesto a comenzar con la lectura.
Cerré los ojos y dejé que su voz me hiciese retroceder hasta mis días de juventud. Los cerré también para no perder una sola de las frases que aquel hombre con mejor vista que la mía y mejor entendimiento comenzó a leer:

«Entre los restos de la Grande Armée, que alguna vez se creyó invencible, vi caminar arrastrando los pies a un hombre flaco, harapiento, ataviado con ropas inútiles para semejante temperatura bajo cero.
Era aún de madrugada, la hora de más frío, y, todavía entre tinieblas, miles de hombres vencidos se afanaban formando una larga cola sobre la nieve para lograr escapar hacia Prusia. Atrás dejaban los cadáveres de los soldados que habían quedado por el camino, en las fosas comunes, en compañía del viento helado, que deshacía su rastro y no dejaba ninguna huella del ejército recién desbaratado. Nada más penoso que un ejército que se ha rendido y huye a la deriva.
El hombre flaco llevaba roto al menos un brazo. Por su mirada torva y gesto sombrío, parecía acarrear más fracturas, algunas irreparables. Se paró ante un árbol para tomar aliento. Su expresión era la de una bestia idiotizada, su mirada estaba vacía y llevaba la boca entreabierta, cuando vio a un soldado caído en el suelo, que gimoteaba como un crío. Se agachó sobre él, se quedó mirándolo un rato y después empezó a desabrocharle el capote, la casaca y el cinturón. Le bajó los tirantes y le quitó la camisa hecha jirones. Luego, le sacó las botas, los pantalones… todo, hasta dejarlo casi desnudo. No se arredró con su súplica ni con su llanto, pese a ser consciente de que le estaba condenando a morir irremediablemente. Se vistió con sus ropas, le quitó la documentación y se la metió en el bolsillo para que el caído fuese un muerto anónimo más, uno de los muchos que ya reposaban sus inquietudes en el barro. Después, le clavó la bayoneta que llevaba colgada de la cintura y continuó con paso vacilante sobre el maldito hielo deslizante, cayendo a cada paso, maldiciendo, volviendo a levantarse…
Yo lo vi todo.
Unos pocos pasos más adelante, en la frontera entre Rusia y Prusia, en el río Niemen, un militar prusiano de alta graduación los examinaba uno a uno, sin expresión en los ojos, y, aunque no se deba tener piedad con el enemigo, les iba dejando traspasar la línea que separaba la vida de la muerte. Algo más allá, en la penumbra de los bosques, soldados a su mando repartían mantas y alimento a aquellos hombres que escapaban de los invencibles cosacos de Platov, tan  tenaces en la persecución que algunos de ellos cruzaron a la orilla oeste del río y llegaron a disparar tiros aislados.
Damien llevaba mucho tiempo esperando ese momento; me lo dijo. Sus ojos escrutaban los rostros de los que iban pasando. Cada cierto número de hombres, paraba a uno y lo interrogaba. Llevaba así varios días, quizá semanas, cuando yo lo encontré, con la obsesión contrayéndole el rostro.
Cuando el hombre flaco llegó a su altura, y a pesar de que éste ya había obtenido el visto bueno del prusiano, Damien lo detuvo. Examinó su documentación con especial atención. Le alumbró el rostro con un candil y le vi comprobar sus rasgos. Seguidamente, lo interrogó. Hablaron un buen rato y, cuando ambos quedaron en silencio, Damien le apuntó con el fusil. Me pareció que dudaba. El hombre flaco no se movió. No hizo nada. Seguramente no terminó de creerse que fuera a morir a tan escasos pasos de la salvación hasta que le sorprendió el disparo a quemarropa.
El ligero resplandor de las hogueras de la frontera permitió ver un humo de color blanco que salía del cuerpo caído sobre la nieve, a medida que ésta fue tiñéndose de un color oscuro.
Al disparo y al alboroto de los soldados prusianos que se lanzaron sobre Damien para detenerlo, sin que él opusiese resistencia alguna, le sucedieron los ladridos de los perros, que aullaron a ambos lados del río.
Luego, solo quedó el viento…».

Don Fabián dejó de leer:
—Lo firma un tal Wilhem von Pirch —dijo; reposó el papel sobre la mesita y se quedó mirando el fuego en silencio. Para cuando finalizó la lectura, yo ya sabía quién era quién y qué había pasado. Después, el sacerdote suspiró y, sin decir nada, fijó su mirada serena en la mía, a la espera de algún comentario. Pero yo no supe qué decir. ¿Qué se puede decir cuando toda la vida de un hombre se resume en una búsqueda tenaz y ésta cesa?
Junto a aquella carta había otros papeles. Sin embargo, me había fatigado tanto el tener conocimiento de aquel hecho aparentemente tan lejano que decidí posponer a los días siguientes la lectura del resto. Mi memoria ya había empezado a hacer su trabajo, así que con un «mañana continuaremos», por parte de don Fabián, y un «gracias», por la mía, me quedé postrada en la silla, con los párpados entornados, dejando que mi antigua vida me visitase y que mis pobres huesos recuperasen su fortaleza Por un momento deseé que la piel de mi cuerpo, su frescura y el vigor volviesen a mí con la potencia de antaño, lista para ser joven otra vez, en un renacimiento inesperado.



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