Viaje solidario (publicado en revista Letralia Año XVII • Nº 273
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5 de noviembre de 2012



Ascensión Badiola Ariztimuño



Y habría de acordarme de los buenos tiempos aquellos en los que la gente viajaba, admirando el paisaje por la ventanilla, en silencio, a solas con sus pensamientos, escuchando el golpeteo de la lluvia en los cristales o respirando el aire fresco que entraba por la ventanilla, pero aquel día el calor de la tarde estaba en su apoteosis. Había una enorme cola en la taquilla de la estación de autobuses para comprar el billete con destino a Calbao. Yo no tenía demasiada prisa, pero reconozco que me hubiese dado mucha rabia haber tenido que quedarme hasta el siguiente, que salía media hora después, en el caso de que se hubiesen vendido todos los asientos, así que ante la posibilidad de esperar sin más o la de invertir el tiempo en algo útil, elegí la segunda y me dispuse a contar cuántas personas había delante de mí. El recuento me devolvió la cifra de 49, lo que buenamente quería decir que, muy probablemente, yo iba a ocupar la última plaza, claro está, salvo que faltase alguien de la cola y, al pensar en alguien, me vino a la cabeza un niño que hubiese ido a comprar chucherías a la tienda, un adulto que estuviese ojeando alguna revista, o bien, un anciano que prefiriese esperar sentado en los bancos de la estación, mientras un familiar esperaba su turno en la tediosa fila. Si no me tocaba en aquella tanda, tendría que resignarme a llegar media hora más tarde a mi casa, lo que sumado a la hora y media de viaje, me suponía comer a la hora de merendar y cambiar la merienda por la cena. Todo esto, sin plantearme siquiera los inconvenientes de tener que acumular un retraso a otro —posponer la cita del médico, los deberes de los niños, la lista de la compra que tenía pendiente y los preparativos de la comida para el día siguiente—, entre otros.



La fila fue avanzando muy lentamente y, a medida que los viajeros iban obteniendo su billete, subían al autobús, con el visto bueno del conductor que esperaba pacientemente en la puerta, apenas resguardado por la sombra que el vehículo le proporcionaba, a pleno calor. En ese momento fue cuando me di cuenta de que había tenido en cuenta la posibilidad de que hubiese viajeros ausentes en la cola, pero no la de que sobrasen y así, con gran alegría, comprobé que algunos eran simples acompañantes que habían ido a despedir al viajero. Eso significaba que mi sitio no iba a ser el último, sino alguno situado de la mitad hacia atrás.



Cuando logré sentarme en el puesto 37, me recosté un poquito con la intención de pasar el viaje durmiendo. Había sido una mañana agotadora de trabajo y los madrugones acumulados de todo el invierno los sentía en cada articulación de mi cuerpo, en el cansancio de los gestos, en el esfuerzo que cada pensamiento me proporcionaba, en la desazón de saber que aún faltaba bastante para las merecidas vacaciones. Entorné los párpados después de encontrar una postura, la más cómoda que pude lograr, y me dispuse a relajarme con el ambiente fresquito del vehículo y a sentirme acariciada por el sol meloso que atravesaba los cristales, desprovisto del exceso de temperatura que tenía en la calle.



El coche partió a la hora prevista y tomó la autopista de regreso a casa, como cada día a esa hora, repleto de trabajadores del sector servicios, de estudiantes universitarios y de gente variada que se desplazaba por motivos ajenos a mi curiosidad.



A mi lado viajaba una mujer de mediana edad, en quien apenas me había fijado, dada mi predisposición a la siesta viajera. Cuando ella tomó asiento, yo ya tenía los ojos cerrados y apenas los abrí para replegarme la falda, de modo que no pudiese pillarla al sentarse. Cruzamos un saludo discreto, pese a que no nos conocíamos de nada, como muestra de que por una hora y media íbamos a compartir la intimidad de aquel espacio reducido, codo con codo y nunca mejor dicho. En esas circunstancias, los muchos kilómetros que llevo en la espalda recomiendan que el talante entre compañeros de asiento sea el más tolerante posible para evitar molestias mutuas, tales como la de pasar el viaje completo soportando el contacto del brazo vecino, cuando no el del trasero abundante que traspasa irremediablemente, por razón de su volumen, el espacio que tiene asignado, o bien, el ruido insoportable que hace la persona que casca y come pipas durante todo el trayecto, o el olor fétido de los maíces tostados, el de las patatas con sabor a jamón —o peor, cuando llevan aroma al ajillo—, incluso el de los Doritos y otras paqueterías nada recomendables para el colesterol. Claro está que durante tantos años he podido comprobar que el catálogo de molestias que los compañeros de viaje pueden infringirse mutuamente puede ser tan extenso y arduo que necesitaría mucho tiempo para asignar una graduación adecuada a cada tipo de oprobio.



Aquella mujer parecía educada y no tuve la sensación de que el tamaño de sus caderas o la anchura de su tórax pudiese implicarme molestia alguna, tampoco su perfume era notorio y en agradecimiento, mi saludo fue de bienvenida. Sin embargo, nada imaginaba yo de las molestias sonoras que podía ocasionarme.



A los diez minutos de marcha, fui reemplazando el traqueteo del vehículo por una placidez que empezó a invadirme por los ojos y fue descendiendo mansamente por los músculos del rostro, por los brazos, el pecho, las piernas. La temperatura agradable y mi propio cansancio me llevaron hasta un éxtasis en el que casi creí escuchar las olas del mar, bañarme en su espuma y hasta oler a sales marinas. Llevaba apoyada la cabeza de manera que no pudiese golpearme contra el cristal con el movimiento, y todo parecía que iba de maravilla cuando percibí el sonido inequívoco de las teclas del móvil de mi vecina. Me esperaba una conversación telefónica que yo intuí que sería breve. La necesaria para dar un recado, preguntar por el estado de salud de alguien o anunciar que estaba sentada en un autobús y que le quedaba casi hora y media de viaje por delante. Lo que yo no podía ni sospechar es lo que de verdad me esperaba. De haberlo sabido, me habría quedado al siguiente autobús.



Su voz era firme, ni estridente, ni suave. Era una voz decidida, personal, lo suficientemente notoria como para no pasar desapercibida en un radio extenso a su alrededor. Me pareció que al otro lado de la línea contestaba una voz masculina y preferí familiarizarme con el cacareo a dúo que iba a acompañarme por un rato. Tras los saludos iniciales, mi compañera de viaje se removió en su asiento. Parecía estar buscando algo en su bolso. Lo encontró. Para entonces yo ya había recibido un buen número de codazos y roces que soporté estoicamente sin protestar. Continué con los ojos cerrados, por si conseguía dormirme igualmente, pero no.



Al principio charlaron de frivolidades a las que no presté atención alguna y mi sobresalto comenzó cuando definitivamente encontró lo que buscaba y le vi con el rabillo del ojo que sacaba varios pliegos de papel del bolso. La angustia me sobrevino cuando le oí decir “Te leo”, y aun fue más notoria cuando de verdad leyó:



Sentencia Nº 38/2012, en Calbao, a doce de marzo de dos mil doce. Vistos por Dª Carmen tal y tal, Jueza del Juzgado de Instancia y los presentes autos de divorcio contencioso, registrados con el número tal y tal, seguido entre partes, de un lado don tal, en calidad de demandante, representado por la Procuradora Señora tal y asistido por la Letrada Sra. tal y tal y de otra parte, como demandada doña tal —es decir, mi vecina de asiento—, representada por la Procuradora Sra. cual y asistido por el Letrado con intervención del Ministerio Fiscal.



En ese punto de la lectura yo ya me había incorporado en mi asiento, incapaz de sentir comodidad alguna y, aun peor, afectada de un cierto desasosiego que no hubiera sabido bien a qué atribuir.



Mi vecina continuaba entusiasmada con los antecedentes de hecho y los motivos por los que se solicitaba el divorcio. Aquella actividad frenética de palabras incomprensibles había empezado a invadirme. Sin embargo, aquello no fue ni mucho menos la peor parte de la lectura.



“Punto primero”, dijo la mujer alzando la voz: que la hija menor del matrimonio quede bajo la guarda y custodia de su padre, siendo la patria potestad compartida. Pronunciada la frase se cambió de postura de forma brusca, pasando el aparato de la oreja derecha a la izquierda, lo que hizo que yo pudiese oír los comentarios salidos de tono de su acompañante.



“Punto segundo”, continuó y esta vez el tono de voz se elevó tanto que los viajeros de alrededor se volvieron a mirarla con aire de expectación: que se atribuye el uso y disfrute del domicilio conyugal sito en la calle tal, número tal a la menor junto con su padre, junto con los muebles y enseres que en el domicilio se encuentran.



Ignoro si fue el hecho de que se atribuyese al padre, o a la hija menor, o bien al hecho de quedarse sin los amados muebles, o quizá fuesen los enseres, el caso es que la mujer cruzó las piernas y me dio una soberana patada, mientras me pedía disculpas con una palmadita dada con la mano que le quedaba libre. Hice un gesto que pretendió ser amable, con el que quise decir que no importaba por esa vez, claro que mis nervios no eran de acero y no estaba segura de poder soportar un segundo golpe como aquel. Empecé a morderme las uñas, a pesar de que hacía años que había perdido aquella mala costumbre. Aquella mujer estaba empezando a ponerme francamente nerviosa.



Sin embargo, lo peor todavía no había empezado. La voz airada se volvió escandalosa cuando empezó a leer el apartado referido al régimen de visitas que le habían establecido y que, al parecer, venía completamente detallado en el apartado expositivo quinto, que la mujer tardó en encontrar dando manotazos a los papeles con auténtica rabia. Para entonces, ya casi todos los pasajeros estaban al tanto de la lectura. Lo pude comprobar por sus gestos, por los codazos que se daban cuando la demandada empezó a sacar a colación los trapos sucios de su ex. Los había que se habían girado abiertamente hacia ella, dando muestras de absoluta solidaridad con ella, otros que sin atreverse a tanto, sólo miraban de reojo y una gran mayoría que no miraba, pero no perdía detalle de la sentencia de divorcio.



Y sigue diciendo: que se fije la cantidad de 350 euros mensuales en concepto de pensión por alimentos para su hija y por doce pagas, a abonar por la esposa —es decir, mi vecina de asiento— dentro de los cinco primeros días de cada mes en la cuenta que se designe al efecto, revisándose anualmente en la misma cantidad que varíe el IPC. Además habrá de abonarse el 50% de los gastos extraordinarios. Y el muy cabrón, añadió —refiriéndose lógicamente, al menos eso supuse, a su ex— que ha exigido también y la jueza lo ha admitido, que la pensión se abone con efectos retroactivos al momento de interposición de la presente demanda.



En ese punto de la lectura las voces ya habían empezado a alzarse. Los viajeros que se sentaban delante discutían entre ellos acaloradamente sobre quién tenía la razón. El hombre decía que todos los jueces, la mayoría mujeres, quitaban siempre la razón al marido, por lo que consideraba muy justa esta sentencia, incluso la consideraba “novedosa”, insistió, al dar, por fin, la razón al padre de la criatura, y no a la madre como ocurría siempre. Su compañera de asiento, sin embargo, discrepaba abiertamente y se posicionaba a favor de la lectora de la sentencia. Ese hombre es un sinvergüenza, ya lo ha oído. Le puso los cuernos innumerables veces y van y le dan la custodia, con dos huevos —exclamaba indignada. El guirigay iba en aumento, sin que la recién divorciada se diese por enterada, tan enfrascada como estaba en la lectura de aquel atroz documento, al que todavía le quedaban unas veinte páginas por leer, y era evidente que iba a leerlas todas, hasta el punto final.



En ese estado de cosas, yo opté por intentar relajarme. Me concentré en hacer inspiraciones y expiraciones que me devolviesen a la tranquilidad anterior. Aquel ruido me estaba poniendo frenética y sabía que si no lograba controlarme aquello podía terminar muy mal. Estiré los brazos y me ajusté las mangas a la altura exacta de las muñecas para poner un poco de orden simbólico en aquel gallinero. Volví a tomar aire y cuando estaba inflando el abdomen, y sintiendo los efectos satisfactorios del oxígeno en los pulmones, mi vecina, ni corta ni perezosa, volvió a arrearme otra patada como la que me había soltado la primera vez, sólo que en esa ocasión estaba tan alterada diciendo auténticas obscenidades de su ex que ni me pidió perdón.



Expulsé el aire y me quedé inmóvil. Tenía el cerebro en blanco. Los vecinos de adelante discutían como bellacos, los de atrás jaleaban a la mujer y le daban la razón. Los pasajeros del otro lado del pasillo repetían estas escenas e incluso había quien chistaba sonoramente para abortar aquel barullo insoportable. El conductor del autobús miraba cada poco por el espejo retrovisor para saber cómo evolucionaba el jaleo y yo llegué a temer que nos saliésemos de la carretera y nos la pegásemos, por culpa de una sentencia de divorcio. En aquel punto de solidaridad extrema yo no pude más. Pensé en mis hijos, en mi marido, en mis amigos. No quería dejar viudo ni huérfanos, así que había que parar aquello como fuese. Me armé de valor y cogiendo aire de nuevo me giré hacia mi acompañante. Le arranqué con furia los papeles de la mano y exclamé un “Se acabó”. “Punto y final”. Primero dije el “se acabó”, y después añadí el “punto y final” para confirmar mi decisión sin lugar a retracto alguno.



La reacción fue inmediata. La mujer me miró desolada, dejó el móvil sobre las piernas como si ya no tuviese nada más que decir. Parecía haberle arrancado de las manos el único motivo que le impulsaba en la vida. Adquirió aspecto de náufrago al que se le ha roto la rama a la que se sujetaba y poniendo un mohín empezó a lloriquear. Su furia inmediatamente anterior había desaparecido como por ensalmo y fue sustituida por una desolación casi infantil. Los pasajeros que viajaban delante abandonaron su diatriba y regresaron humildemente cada uno a su lectura, los de atrás se pusieron a mirar por la ventanilla, los que se habían girado completamente para observar a la mujer regresaron a su posición inicial y el conductor miraba disimuladamente de reojo por el espejo. El silencio era casi absoluto, salvo por el ruido del motor y la llantina ligera de mi compañera de viaje.



Yo, de pie, con los papeles en la mano, no supe qué hacer. Sentí lástima por la pobre que se agarraba la cara con las manos y en algún momento le puse la mano en la espalda, en un intento tímido de consuelo. Nadie miraba ya. Todos los viajeros que minutos antes estaban completamente implicados habían vuelto a ser pasajeros anónimos, sin opinión ni interés alguno por asuntos ajenos. Algunos se habían colocado cascos en las orejas, al comprobar que ya no había más que rascar allí.



El autobús ya estaba entrando en la estación y en apenas unos minutos los pasajeros empezaron a descender las escalerillas y desaparecieron sin echar una sola mirada a la mujer, que ya se había recompuesto, había recuperado los papeles que le devolví y se disponía a bajar del vehículo, como si nada hubiera pasado.



Se fue sin dirigirme la palabra y yo, abrumada, me quedé en el autobús aún unos instantes, con el sentimiento de culpa golpeándome en las sienes, incapaz de entender el motivo por el que la gente tiene la manía de contar su vida en público y sin comprender correctamente la actitud de los demás. Me preguntaba si de verdad la gente se había implicado en la historia o, si por el contrario, gozaban únicamente con el cotilleo, quizá era un poco de todo. De todos ellos, los únicos pasajeros que de verdad parecían haber sentido el problema como propio fueron los que viajaban delante de mí, como si antes de eso lo hubiesen vivido en su propia carne. Antes de bajar, vi al conductor todavía sentado al volante, observando los hilachos de solidaridad que aún pendían en el aire y se fueron esfumando lentamente como penachos de humo tras el incendio.





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