Relato: El Libro Invisible publicado en Letralia. Tierra de Letras. Revista venezonlana de literatura

El libro invisible
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Construir una historia cuesta, como cuesta conseguir ver todos los colores del arco iris en un día de sol y lluvia. Pero si difícil es encontrar un comienzo, un desarrollo, un final, aun lo es más encontrar personajes poliédricos que no sean anodinos, simples, llanos, atemporales, ni sólo buenos o sólo malos, que se enamoren y odien lo que aman, que adoren lo perverso y detesten lo ingenuo, que crezcan y mueran con un rastro de dolor tras de sí, que sea imposible de evitar al lector, ése que sufre y se emociona intentando indagar en los recovecos de la personalidad de los protagonistas, nacidos con la virtud de entretener no más allá de la tinta de la que están formados.
En esas minucias de formar castillos con palabras he pasado el tiempo finito, que me consta que se acaba antes de lo que cualquiera desearía y en ese intervalo de minutos deslizándose en un puro afán de avanzar por las esferas de los relojes, me he encontrado deshilvanando pensamientos, añorando lugares, amasando recuerdos: la niñez, la curiosidad de la adolescencia, la indolencia de la madurez y, como no puedo recordar mi vejez, que es futura, he tenido que acudir a la de otros para indagar en ella, a través de mis ojos curiosos, en los secretos de los jubilados, las dolencias permanentes de las señoras que se amenazan mutuamente en los rincones de cualquier ciudad con contárselas todas desde el principio, sin omitir detalle.
Con lo aprendido, he puesto frases en los labios de mis personajes, los he vestido de modas anteriores, los he convertido en caballeros y damas dieciochescas y les he hecho pasar por el amor, el desamor, la soledad y la muerte como a cualquier ser formado de tejido óseo y cartílago de cualquier época o lugar. En la culminación de sus desdichas me he parado a respirar mirando hacia dentro para buscar el desenlace, lo más importante de la historia que está aún por plasmar en el folio en blanco y será papel escrito cuando se imprima este cúmulo de hebras de emoción que forman haces de luz y de sombra.
Borrachos, meretrices, cantamañanas, bailarinas, parlamentarios, madres, aristócratas, músicos, botarates, políticos, cardenales y un sinfín de gremios, cómicos, pintores, usureros o bohemios desfilan ante mí como en una parodia. Todos tienen nombre y apellidos y me saludan con las manos sucias, los pañuelos bordados, las cejas alzadas, la sonrisa desfigurada, a mí que estoy aquí mirándolos, metamorfoseando la realidad en este penoso proceso de creación que me conmueve.
Desde la galería el horizonte es triste, pero visto desde aquí arriba es diferente. Parece un submundo de faunos y consigo querer, uno a uno, a esos seres construidos de ingenio y de falsa modestia que dan vida al libro que estoy a punto de terminar.
No hay apenas descanso entre un hecho y otro porque si al principio me consumía la desazón por crear y contar, por narrar y descifrar, ahora quiero expandir mis ideas al viento, quiero que el sol que está saliendo por encima de los tejados ilumine con letras rojas las páginas escritas con mimo y corregidas mil veces para lograr una perfección seguramente inexistente. Qué es una novela que no ha sido leída por nadie. Cómo puede vivir un personaje eternamente en la cabeza de su autor sin dejarse ver por el ojo ávido de quien ha de leerle para cumplir con el hito universal de la comunicación entre narrador y receptor.
Una narración no leída por nadie es humo y, por eso, ahora me esfuerzo en daros a conocer al mundo, os lo digo a vosotros, mis leales personajes. Otros os conocerán y de su crítica y su punto de vista saldréis seres nuevos, no inventados por mí sino por aquel a quien iban dirigidos desde el principio. Yo creo el ambiente y otro lo deconstruye, lo reinventa, lo vuelve a formar según su experiencia y su forma de mirar la vida, un círculo mágico, una interacción fundamental.
Pasan los días y los meses y yo con mi narración en la mano recorro las webs y las librerías para encontrar editoriales a las que interesen mis palabras, mi filosofía, mis uniones de sujeto, verbo y predicado que forman simulacros de mundos paralelos al de verdad, figuraciones, espectros. No pasa día sin que mire si hay respuesta o si alguien está dispuesto a fijarse en un escritor que recién se estrena en la aventura de perfilar sueños. Pasan noches estrelladas, otras de luna menguada y muchas otras anodinas, insulsas, expectantes de respuesta, añorantes de un poco de atención. Reescribo, reenvío propuestas y me aburro, imaginando ojos inexpresivos que leen lo que les he enviado. Rostros carentes de emoción, acostumbrados a inmiscuirse en ese juego de incertidumbre y de creencia. Se escribe para que te quieran o para quererte tú mismo un poco más, para desahogarse, para imaginarse vivo o para huir de las penas propias y ajenas. Se escribe para explotar como un universo naciente y para que al fin, un día alguien confiese que le conmovió lo que cuentas y aunque nadie conteste a tus requerimientos de orador frustrado, sientes alivio al pensar que al menos ya hay alguien que te lee, el potencial editor que luego tira el manuscrito a la basura y se pone a comer un sándwich o un paquete de pipas, sin contestar si le gustó o le defraudó o por qué le dejó indiferente, sin ensayar ni un amago de evasiva, tanto sufrimiento propio, tanta apatía, vasitos colmados de infelicidad.
Un día cualquiera cuando ya casi te has olvidado de lo que mandaste, ni a quién, alguien te dice lo que llevas semanas, meses, lustros queriendo escuchar: “Te lo publico”. La emoción se revuelve impetuosa en la parte inferior del abdomen y sube como un torbellino en una columna espiral de frenesí, que cuesta apaciguar y que te lleva al éxtasis, a la nube, al ensueño. Es una editorial pequeñita, poco importante, sin medios, pero eso te da igual... todavía. Entonces llegan los aplausos esperados, las felicitaciones, las enhorabuenas y con ellas algunas indiferencias dolorosas, alguna que otra frase despectiva, abrumante o incluso el despecho de quien creías que te apoyaba en tu periplo publicador y no lo hacía. Le das la espalda a quien no te ayuda y te sumerges en la vorágine purificadora de dar luz a tus palabras, tanto tiempo escondidas. Corrección, maquetación, edición, todo preparado como en un proceso fabril que pone las máquinas a rechinar y ya hueles el papel, la tinta, el tufillo de imprenta, no sin antes haber elegido portada, tu portada, tu nombre en ella, un buen trozo de tu pensamiento y tu forma de sentir tras ella en un sincretismo difícil de discernir: la simbiosis libro-autor.
Te llaman y te dicen: tu libro está en la calle y corres por las aceras, empujado por una fuerza invisible que te obliga a entrar en las librerías para buscarte, para examinar si te han puesto visible y ahí llega la primera decepción. Estás oculto entre cientos de libros, el doble de tamaño que el tuyo, todos más voluminosos, casi todos más vistosos. Tu obra empieza a parecerte invisible y aun lo es más cuando vas a otras tantas librerías que ni siquiera te venden porque eres desconocido, novel, uno más entre tantos cientos que intentan sobresalir del ostracismo de la balda, del polvo acumulado en el lomo, del olvido orquestado y organizado de las tiendas de libros, que te quitan de la vista a la primera de cambio porque fuiste novedad una semana, pero ya no lo volverás a ser de nuevo, no con esa obra que sobrevivirá unos meses, un año máximo y luego desaparecerá para siempre en el olvido de algún almacén oscuro o en la máquina de reciclaje. Sueños y vivencias recicladas. Así visto parece cruel. Visitas las librerías con la ilusión de encontrar algún lector que pregunte por tu título o te rescate de detrás de la puerta, en el lugar en el que te han recluido o de debajo de otro montón de libros que te superan y te anulan. Todo con el ánimo de que ese lector amado te reintegre a la farándula de celebridad que te ha rodeado durante unos escasos días, los que duró el largo parto de la imprenta.
La decepción se empieza a apoderar de tu menguada personalidad creadora, que ya empieza a deshacerse del mito y se involucra en el día a día, en la crueldad de lo vulgar, en la necesidad de seguir trabajando en otra cosa para salir adelante porque de los libros sólo viven unos cuantos, afortunados ellos. Sobrevives a ese olvido y sueñas con ver a alguien que lee tu novela en el metro, en el autobús, algo que nunca ocurre, hasta que llega una feria del libro y parece que todo vuelve a renacer. Una primavera nueva para que los personajes se reinventen, se aireen y salgan de su escondite hasta el expositor que los convierte de nuevo en estrella rutilante, claro que como eres nuevo, sigues siendo desconocido y te encuentras con que en vez de firmar libros, atiendes demandas de los clientes, concernientes a la obra que está pegando a la tuya. Si te descuidas terminas vendiendo los libros de otros o contemplando con angustia cómo pasan por encima de tu creación sin siquiera mirarla, hojearla para observar la ligereza del papel al moverlo u ojearla para leer unas líneas, unas palabras, la primera página. Escribes para que te quieran, lo dijo el gran Bryce Echenique y eres cada vez más consciente de que te ignoran. Lo hacen los medios de comunicación, saturados de tanta novedad editorial y de tanto escritor afamado y premiado. Lo hacen los lectores que buscan una historia que aún no se te ha ocurrido escribir. Lo volverían a hacer los editores y los agentes literarios si se te ocurriese volver a enviar tu obra. Empiezas a dudar de tu capacidad para crear sueños, de tu disposición creativa y hasta de ti mismo. Eres uno más entre un ciento o una miríada y, en seguida, llegas a la mejor conclusión a la que podrías llegar: todo es una invención. El libro es invisible. Claro, eso es, nadie puede verlo, salvo tú. Por eso no reparan en él. Por eso, los periódicos te ignoran y ese desdén se vuelve apocalíptico, insufrible, te hace vulnerable. Alguien ha debido inventarse que tú escribiste un libro y lo ha hecho bien porque hasta tú, su principal personaje, te lo has creído. Enfilas el camino a casa con un ánimo renacido de creación y amenazas: ahora te inventaré yo a ti. Tú serás mi personaje y como en un juego de niños chiflados todo vuelve a comenzar desde el principio. Te sientas ante el folio en blanco por ver si esta vez será, por fin, la del glamour que todavía no te ha tocado con su varita mágica, por si fuese que a partir de hoy serás capaz de conjurar el hechizo para conseguir llegar a muchos lectores que se conmuevan, que disfruten, que se emocionen con tu historia, esa que estás empezando a escribir y que cuesta, como cuesta conseguir ver todos los colores del arco iris en un día de sol y lluvia, como cuesta vivir. Y en el momento menos esperado suena la llamada de la cena, la megafonía está alta y te hace salir de tu embeleso. Se acerca la enfermera que te da las pastillas. Los locos que hay a tu alrededor se fustigan, caminan hacia atrás, gimen, se ríen a carcajadas. El del pasillo del fondo dice que es Napoleón y tú le gritas: ¡Y a mí qué, yo soy escritor!

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