Improvisaciones y otros relatos cortos: el miedo de la actriz

Era mi primer día en el Liceo. Por fin iba a estrenarse la obra que llevaba ensayando largo tiempo. Se me secó la boca de repente y creí que, cuando saliese al escenario, no sería capaz de decir una sola palabra. Desde bambalinas imaginé cómo debía de ser el patio de butacas con decenas de caras dirigidas a mí. Decenas de ojos oscuros, saltones, claros, hundidos, separados, pequeños, achinados, redondos o curiosos, fijos en mi figura, atisbando cualquier indicio de error, cualquier defecto, o bien, buscando un rincón de mi cuerpo en el que descansar la mirada por hermoso, curvo, voluptuoso o vulgar. 
Me pregunté si me había limpiado los zapatos, si tendría el dobladillo del pantalón cosido, el pelo en su sitio, el rimel sin correr y el momento llegó. Había que salir y empujada por una fuerza contraria a la dirección del escenario, tuve que imponerme para dar un paso y otro y el siguiente hacia el público silencioso que esperaba como un juez implacable, agazapado en la penumbra de la sala. Tomé aire y llené los pulmones de optimismo, diciéndome que era la mejor, para no sucumbir al pánico que amenazaba con obligarme a echar a correr, sin mirar atrás. 
Por fin salí. En el fondo del auditorio oí un leve murmullo, toses aisladas, indicadoras de que no estaba sola, a pesar de que mi soledad brillaba con luz propia en medio del tablado. Lo primero que tenía que decir era:
-... ¡Oh!,no lo recordaba. Insistí...¡Dios mío! ¿Cómo empezaba mi texto? Karina se frotó las palmas de las manos, se mesó el cabello, rebuscó con urgencia en sus pensamientos una pista que le indicase el comienzo de su repertorio. El silencio doloroso que abarcó la sala de norte a sur y de este a oeste se hizo denso, se multiplicó como un virus y penetró en la piel de la actriz, ocupando todo su espacio vital. Cada rincón de su memoria se llenó de nada, como si nunca hubiesen existido las sílabas, las letras, las palabras, las frases, las ideas, la filosofía, como si no existiese Dios ni el universo. Mi desesperación se hizo tan física que el sudor brotó de todos mis poros como un miedo líquido. La expectación aumentó de tal forma que el pánico se trasladó al público, cuya tensión podía sentir en mis rodillas, en los muslos, en la espalda. Desaparecieron por completo las toses. Parecía que nadie respirase. Se me llenaron los ojos de lágrimas y mi pecho presionado por un peso inaguantable y un calor exagerado parecía que fuese a explotarme.A Karina se le cayó un botón del jersey. El botón que estaba en la última escala de la botonadura, la más próxima al suelo y el tintineo metálico al chocar con el suelo tronó en la sala haciendo eco, repitiéndose en cada cabeza. ¿Qué ha sido eso?, preguntó alguien. ¿Qué ha sido eso?, preguntó Karina volviendo al centro de sí misma y retomando las palabras que de pronto se abrieron como una caja de Pandora, libres, sin ataduras, como si siempre hubiesen estado allí, dispuestas a ser pronunciadas. 
¿Qué ha sido eso?, pregunté, recordando que así empezaba la obra y mi voz nació sonora del centro de mi ser. Me sentí como si fuese la garganta del mundo y a esa pregunta le sucedieron párrafos enteros, un monólogo largo y espectacular en el que las emociones se fueron sucediendo en un desfile de colores, de luces de foco, de sombras provocadas y situaciones inventadas con el único objetivo de estimular la sonrisa, la pena, la ilusión. Karina estaba tan centrada en su papel que pudo bajar del escenario y sentarse entre el público para escucharse y verse allá arriba subida como una Diosa declamante. Extendí los brazos y me desdoblé en dos, la espectadora y la actriz. La primera, en el teatro imaginado y la segunda, frente al espejo de su habitación, en camisón, ensayando por última vez, la definitiva, la de la noche antes del estreno.
                                             Relato El miedo de la actriz. de Ascension Badiola