Un amante impetuoso


Era verde, voluptuosa, húmeda y sensual, tal y como me la habían descrito, pero yo la recuerdo infinitamente más lujuriosa, menos generosa de lo que había leído y peligrosa hasta el punto de que morir en sus manos era una tarea corriente, y si no, que se lo preguntasen a los cientos de viudas, huérfanos, mancos, cojos y lisiados en general, supervivientes de pequeños naufragios en unas orillas demasiado transitadas por enemigos mortales. Supongo que eso fue lo que me atrajo hasta ella, su belleza poco hospitalaria y la soledad sobrecogedora de sus paisajes. África es la gran virgen, la enorme desconocida.
Antes de partir pregunté “¿de qué peligro debo preservarme con más ahínco?”,  y la respuesta fue, “de ninguno en general, allí la vida vale poco, ándate con cuidado”, me dijeron y comprobé que era bien cierto.
Como en todo gran proyecto pasé meses perdida en el barullo de los planos; en obtener información,  visados y otros papeles que fueron confeccionando el gran espejismo del viaje. Sólo con cerrar los ojos bastaba para transitar por pistas de tierra batida, sortear barrancos y quedar desdibujada en las reverberaciones del calor o esfumarme en el polvo del camino, kilómetro a kilómetro.
En la víspera de mi marcha tuve una cena con amigos y al terminar, brindamos todos por mi viaje y por mi regreso. ¡Qué regreses entera!, me saludaron alzando las copas, mientras reíamos y reímos tanto que aquellas carcajadas resuenan todavía en mi memoria como una advertencia que tendría que haber escuchado con más interés. Claro que, cuando una se embarca en una aventura de tal calibre, lo raro es que te digan que todo saldrá bien y que no habrá problemas. No obstante, yo obvié aquellos comentarios que fomentaban los malos augurios y decidí acompañarles con mi propia carcajada, de modo que fuese la más sonora, cualquier cosa antes que recular o echarme atrás en ninguna de las etapas que tenía planteadas.
El amanecer del día de mi partida llegó con la correspondiente noche en blanco, levantándome mil y una veces para comprobar si lo llevaba todo. Me atenazaba el nerviosismo necesario para ponerme a punto y estar alerta ante cualquier inconveniente que pudiera surgir. Había puesto mucho afán en aquel viaje y ahora lo tenía en mis manos, evanescente, magnífico, intocable, un sueño en estado puro antes del cansancio, antes de la sed, previo al sufrimiento, al calor y también al disfrute del paisaje, o de la gente que iba a conocer. El vuelo salía de Madrid y subía hasta Bruselas para luego descender hasta Kampala, cosas de las compañías aéreas. Llegué al atardecer cuando el sol enrojecía las aguas del lago Victoria, en las horas previas a la gran noche africana.
Me alojé en un hotel turista sin pretensiones, de habitaciones muy grandes, cama con dosel y mosquitero, cortinones por todas partes y una larguísima balconada frente al lago. Aquello era tan irreal que tuve que pellizcarme para darme cuenta de que aquello no era una simple quimera, era yo quien estaba frente al colosal lago Victoria, el segundo lago más grande de la tierra, pese a que una vez que se fue la luz, no conseguí ver más que la descomunal mancha oscura que indicaba su vasta presencia. Un lago que se extiende hasta  las orillas de Kenia y Tanzania y aún más allá, en lo profundo de las sombras, que desemboca en el Nilo Blanco.
Las escasas luces de las villas que coronaban las colinas de Kampala convirtieron  la noche ugandesa en un espectáculo recién terminado, como una sala de teatro que ya hubiese bajado el telón y estuviese siendo recogida. La habitación, que durante el día era luminosa y estaba  rodeada de unas vistas de ensueño, se veía distinta por la noche. Pasó de ser una estancia colonial anticuada, pero dotada todavía de cierto encanto, a parecer un tugurio, iluminado por una sola bombilla de luz mortífera; Con aquella iluminación, el color del mosquitero adquirió una apariencia más mugrienta y el retrete, que en ningún momento me había gustado, resultó disponer de un desagüe de diámetro considerable en el suelo para evacuar el agua de la ducha. Lo miré de reojo porque inspiraba temor y preferí taparlo con una palangana puesta al revés, por si salía de allí algún elemento no invitado que quisiera visitarme. Por un instante, se me ocurrió pensar en cómo debería reaccionar si aquel balde adquiría vida propia y comenzaba a moverse. Salir corriendo y pedir ayuda me pareció lo más apropiado, aunque yo sabía que nada ni nadie me impediría invertir el orden, primero gritaría y de la misma, huiría despavorida. Yo jamás había estado en un lugar así, pero enseguida me sentí cómoda, a pesar de que todo me pareciese extraño. Supongo que por todas las veces que ya lo había imaginado.
Deshice las bolsas que con tanto cuidado había preparado y  repartí su contenido en dos grandes mochilas con las que tenía que cargar, además de con la tienda de campaña. El viaje de verdad empezaba al día siguiente con las primeras luces del alba, en el que yo había previsto partir para los grandes lagos del centro de África. Había alquilado una furgoneta por internet y, nada más levantarme, tuve que ir a buscar el local de alquiler de coches. Por la mañana, me había despertado exultante y al descorrer los cortinones descubrí un paisaje frondoso de inusitada belleza. Una ciudad verde, salpicada por cientos de colinas pobladas de mansiones, bosques y todo tipo de flores y como ingrediente esencial, el desmedido lago Victoria, una extensión de agua verde, parecida al mar, con embarcaderos, restaurantes en sus orillas, jardines y embarcaciones de pesca y de recreo. 
Nada más desayunar café con tostadas y zumo de naranja, pregunté en la recepción del hotel y me mostraron un plano amarillento de la ciudad, que tenían enmarcado en un gran cuadro. Me pareció fácil el recorrido a realizar para encontrar la calle donde estaba mi furgoneta, el vehículo que me iba a acompañar en todo mi periplo ugandés y que iba a ser mi compañera de viaje, mi refugio y en más de una ocasión, mi cama.
Mis primeros pasos por aquella ciudad fueron para adquirir conciencia de la certeza del comienzo de la aventura. Me dejé envolver por la luz inagotable de Kampala y por la emoción que cosquilleaba en mi interior como mariposas queriendo escapar a la claridad del día.
En el local de alquiler había un tipo sentado afuera, en el suelo, con la espalda recostada en la pared, que no hizo el más mínimo amago de moverse cuando me vio entrar en la oficina, más bien un cuartucho de paredes descascarilladas con una mesa, dos sillas, una de ellas con dos patas y un montón de papeles escritos y desordenados, que ocupaban también las baldas. Una bombilla, de características parecidas a la que había visto en mi habitación, ocupaba el centro del techo de aquella guarida, y como complemento del mobiliario, un ventilador y un armario desvencijado con las puertas abiertas y vacío por dentro, para dejar bien claro que el dueño de todo aquello prefería el desorden.
Puesto que nadie me atendía, salí a la calle y me dirigí, en ingles, al tipo de la puerta  para preguntarle si había alguien por allí que se ocupase del asunto de los vehículos. Se levantó con desgana, sin mirarme. Cuando le enseñé mi documentación y la reserva que había hecho por internet se puso a revolver papeles, docenas de ellos y, sorprendentemente, en uno de los que estaba colocado más abajo, perdido en aquel océano de celulosa, figuraba mi nombre. Miré alrededor para averiguar si había algún ordenador cerca, pero no había ni rastro. ¡Curioso!, me dije a mí misma antes de pagar lo que correspondía y de firmar varios papeles. En un rato estaba siguiendo a aquel tipo, cuya forma suelta de mover las caderas al andar, me hizo recordar algún tipo de danza tribal.  Él llevaba una carpetilla con la documentación del coche en una mano y las llaves en la otra. Le seguí por entre una dilatada fila de furgonetas, a cada cual más vieja y destartalada. El sol era ya una bola de fuego en lo alto del cielo. Me pregunté si mi vehículo tendría también aquel aspecto roñoso y a partir de qué momento y en dónde me dejaría tirada. Parecía preciso preguntar lo que se hacía en un caso así y cuando lo hice, el tipo se dio la vuelta, clavó el blanco rojizo de sus ojos en mí y mirándome con sorna,  me contestó con un inglés preciso y claro, “Si se queda tirada amiga, debe sentarse a esperar a que alguien la ayude a arreglar la avería y si no, a que la traigan de vuelta, pero si regresa aquí sin la furgoneta, tendré que cobrársela, ¿entiende?
Parecía claro, en realidad estaba clarísimo, pasase lo que pasase, yo saldría perdiendo de todas, todas. Un ok, no problem, dejó las cosas claras entre nosotros. Más me valía que no se quedase parada, ya que, desde luego, mis conocimientos de mecánica eran bastante escasos.
Subí al vehículo que no resultó ser de los peores, coloqué mi GPS y en unos minutos me encontraba perdida en la barahúnda de las repletas calles de la capital ugandesa. Decidí dejar puesto en voz el GPS, ya que si miraba la pantalla corría el riesgo de atropellar a alguno de los múltiples peatones, que se lanzaban a la carretera sin mirar, cargados con mercancías inexplicables, o alguna de las miles de bicicletas que transportaban desde racimos grandísimos de bananas hasta pesadas bobinas de cable enrolladas. Toda una locura de gente en todas direcciones.
En varias ocasiones me metí por calles que no tenían salida y en una de ellas, terminé desembocando en un riachuelo sucio que bajaba caudaloso, donde tuve que dar la vuelta, ante la atenta mirada de unos hombres que pasaban la mañana sentados en cuclillas, en actitud risueña y contemplativa y que rieron sin disimulo, mostrando su boca desdentada, a pesar de ser todavía jóvenes. Imagino que no todos los días veían a una blanca subida en una furgoneta maniobrando con mal gesto y soltando algún que otro descalabro en un idioma ininteligible para ellos. Me hubiera gustado escuchar sus comentarios, o mejor no.
Me costó más de una semana llegar hasta el lago
Eduardo. Transité por pistas polvorientas. Me paró la policía más de quince veces y en cada una de ellas, tuve que darles una generosa propina, camuflada entre el pasaporte y el carnet de conducir para que me dejasen continuar viaje, para que hiciesen la vista gorda al permiso para transportar animales o materiales peligrosos, que siempre me faltaba. Cuando me lo pedían, yo echaba una mirada a mi alrededor, en busca de algún ser vivo con más de dos patas, pero nunca lo encontraba, así que tomé la decisión de pagar siempre para no tener problemas. Aún así estuve retenida en una comisaría de carretera durante casi 24 horas porque al parecer, el individuo que me obligó a detenerme en la cuneta no se quedó conforme con el dinero que yo le había dado, quería el GPS y yo sabía que sin él estaría perdida en aquellas carreteras en las que los indicadores marcaban 100 kilómetros hasta mi destino y una hora después, señalaban 120 kilómetros, a sabiendas de que no había encontrado ninguna bifurcación y de que no había ninguna posibilidad de pérdida porque había una única pista de tierra. Si no hubiese sido por aquel invento de la tecnología yo me habría vuelto loca y habría empezado a dudar hasta de mí misma. Aquel aparato era mi única certeza de que la dirección que llevaba era la correcta y no pensaba deshacerme de él bajo ningún concepto, aunque tuviese que quedarme a vivir en la comisaría.
Después de un día entero con su noche, arreglé el desacuerdo regalándole mi Ipod. Al principio, cuando le llamé para negociar, permaneció reacio ante la oferta y cuando le mostré todas sus posibilidades fue entrando. En el momento en que me cercioré de que empezaba a interesarle, le hice una nueva oferta, el Ipod y otros dos billetes grandes. Él aceptó y me dejó marchar con un apretón de manos y una señal de su dedo pulgar que quería decir “amigos para siempre”. Hasta me ayudó sonriente a empujar la furgoneta que había quedado varada en un bache profundo.
Por el camino, empecé a oír un ruido raro en el vehículo, algo así como un chirrido, ¿sería la correa del ventilador? Decidí seguir adelante y cruzar los dedos para que me llevase hasta mi destino sin ningún sobresalto. A medida que avanzaba, el ruido se hizo más escandaloso y obligaba a girar la cabeza a los cientos de transeúntes que caminaban por las carreteras ugandesas, docenas de niños uniformados con pantalón y camisa de color azul turquesa, o niñas con camisa y falda de color rosa fucsia, trabajadores, acarreadores, ciclistas que avanzaban penosamente a pie, empujando la bicicleta a duras penas, bajo el peso de la sobrecarga que llevaban. Parecía que Uganda entera estuviese transitando a pie por sus caminos, sin embargo, no vi coches, ni camiones, ni furgonetas como la mía. Recé para que no se estropease, a riesgo de tener que cargar con mis mochilas y unirme a la manifestación de gente que avanzaba por aquellas sendas del corazón africano.
Dormía en las cunetas, con las puertas y las ventanillas cerradas para resguardarme de los ladronzuelos que me hubieran desvalijado al primer descuido. Guardaba todo de los ojos ajenos, cada vez que tenía que apearme para hacer mis necesidades. Lo único que quedaba a la vista eran las garrafas de agua que transportaba y sin las cuáles no habría podido beber, cocinar ni lavarme. Cada amanecer emprendía la marcha, consciente de que un nuevo día podría depararme una jornada estupenda o un disgusto insalvable, en caso de que mi coche me traicionara, pero decidí ser positiva y no atraer los malos espíritus, así que continué adelante convencida de poder llegar a la región de los grandes lagos, mi destino tantas veces soñado.
Cada vez que pasaba por alguna aldea, se colgaban de mi furgoneta un montón de crios, que conseguían de esa forma, viajar conmigo unos cuantos kilómetros, pegados a ella, agarrados a cualquier saliente al que pudieran asirse, sin darse cuenta de lo peligroso que aquello podía ser si caían bajo una rueda o simplemente, saltaban mal al suelo. Llegué a tener tantos rodeándome que no me dejaban ver el camino, empeñados como estaban en pegar sus rostros sonrientes a mi cristal delantero. Si probaba a intentar apartarlos amenazándoles con un palo con el que no pensaba pegarles y bajaba la ventanilla para ello, los que estaban en el lateral metían los brazos en el interior y me quitaban los planos, y lo que pillaban. Si ponía el parabrisas, aquello les hacía gracia y entonces subían más. Aquello llegó a ser desesperante y no se me ocurrió otra cosa que parar la furgoneta, bajarme y atar con cuerda al capó un montón de cactus de largas espinas que encontré por el camino. Claro, que para hacerlo, yo también me clavé unas cuantas y tuve que vendarme las manos para que las heridas no se infectaran, pero al menos así, conseguí que sólo se subiesen en los laterales y en la parte trasera, dejando el frente de la carretera libre para poder seguir avanzando.
Por fin, en un radiante día de sol africano, que penetraba todos los rincones y cuyo calor aplastaba la ropa contra el cuerpo, llegué al lago Eduardo donde me encontré con un grupo que pensaba acampar en tiendas iglú, en un espacio habilitado para acampar, cerca de la orilla.
Les pedí permiso para colocar mi tienda junto a la de ellos para no dormir sola y abandonar, aunque solo fuera por una noche, la incomodidad de las desvencijadas butacas de la furgoneta. Me coloqué a un lado, un poco adelante y algo más cerca del agua, aunque no mucho.
Hicimos una hoguera y después de cenar estuvimos contando historias hasta la madrugada, influidos por el misterio del fuego y por la magia de un cielo cuajado de millones de estrellas. Una buena conversación en un lugar como ese puede hacerte retroceder a los orígenes del mundo, como cuando nuestros antepasados prehistóricos se juntaban para charlar, el ocio más antiguo del mundo. Me dejé invadir por el hechizo ancestral, por el aroma marino de aquel océano desubicado de aguas dulces, por el tililar indeciso de la llama en nuestras retinas, por la luminiscencia de los cuerpos celestes, que ocuparon el lugar de las tinieblas.
No hizo falta encender la linterna porque la noche era clara y los millares de estrellas iluminaban la superficie brillante del lago, cuyas aguas mansas reposaban en aquel resplandor de luna llena. Ya sola y antes de dormir, observé un rato más aquella sinfonía de astros regalando claridad a las sombras. Jamás había estado sumergida en tanta quietud. El silencio era espeso, apenas interrumpido cada cuanto por el resoplido de los hipopótamos echando agua por la nariz. Hasta los insectos parecían haber pactado aquel sigilo. Aspiré el aroma relajante de las retamas y cuando me venció el cansancio, me tumbé sobre el saco y cerré la cremallera de la tienda para no encontrarme con ninguna sorpresa desagradable. Sin embargo, la sorpresa estaba por llegar.
En plena noche y mientras mi mente cambiaba realidad por fantasía, sentí un aliento caliente en el cogote. Además de aquella respiración cálida, noté que algo me empujaba, me rozaba en la espalda, con cierta fuerza, como intentando despertarme. Aquel calor me hizo arrebujarme en el saco, mimosa, como si un amante impetuoso requiriese mi atención a deshoras. Con insistentes roces me transmitió su calor, empeñado en calmar su urgencia con nuevos empellones que yo sentí en distintas partes de mi cuerpo. Musité algunas palabras ininteligibles, como un ronroneo de gata dejándose querer, sin dar el brazo a torcer. Aquel amante improvisado que me asaltaba en plena madrugada parecía estar atravesando alguna premura insalvable. Empezó a tirar, a bufar, a remover. En pleno vapuleo, tardé un rato en despertar y ser consciente de que algo no iba bien.  Me senté sobresaltada, aún enfundada en el saco, justo en el momento en que la tienda empezó a tambalearse vigorosamente, como si fuera a venirse abajo. Me quedé quieta, sin respirar, sin mover un solo músculo, escuchando los latidos de mi corazón que amenazaban con delatar mi presencia. Esperé y esperé sin saber qué hacer, con los músculos tensos, ignoro cuanto rato hasta que el vapuleo cesó, hasta que escuché un ruido que parecía el de algún animal arrancando hierba y entonces me di cuenta: hipopótamos, tenían que ser los hipopótamos, los mismos que se pasaban el día sumergidos en el agua, asomando los ojitos y durante la noche salían a la orilla a comer hierba.
Recordé los avisos que me habían dado, los consejos para prevenirme de su ataque, las advertencias que había leído en varias guías en las que explicaba bien claro que el hipopótamo es el animal que más personas mata en África, incluso más que los cocodrilos y, entonces, caí en la cuenta de que aquella orilla podía también estar infestada de ellos. Por un instante, creí morir de miedo. Había visto niños sin piernas y sin brazos, por su culpa. Todos los poblados que hay alrededor de los lagos se las han tenido que ver con los cocodrilos y también con los hipopótamos.
Decidí que tenía que salir de aquella tienda como fuese. Tenía que intentar refugiarme en la caseta de las duchas, a unos trescientos metros de donde yo me encontraba. Descorrí la cremallera sigilosamente y asomé la cabeza para ver la posición del enemigo. La claridad de la noche denunció la magnífica presencia de los hipopótamos que masticaban hierba apaciblemente. Supuse que el más cercano a mi tienda había sido el autor del ataque, pero en ese momento se mantenía alejado de ella, lo suficiente para que yo pudiese escapar. Había por lo menos tres. Sus sombras en la noche me parecieron imponentes. El único sonido era el rash rash de sus dientes tirando del pasto. Tenía que salir de allí, sin llamar su atención. Me deslicé a tientas en la noche. No me atreví a encender la linterna para no inquietarlos. Caminé muy despacio, procurando no hacer ruido y cuando ya estaba cerca de la caseta no pude evitar correr todo lo que me dieron las piernas de sí.  La alcancé sin dejar de mirar atrás ni un instante. Los animales siguieron pastando tranquilamente y mis compañeros durmiendo a pierna suelta, sin sospechar el peligro que acababa de correr. En ningún momento los hipopótamos se fijaron en ellos, sólo vinieron a por mí, o mejor dicho a por algo que tenía yo.
Las primeras luces del alba dejaron al descubierto lo que buscaban, una de mis bolsas, que yo había metido en la cámara de aire que queda entre la tienda y el cubre vientos exterior había sido arrastrada hasta casi la orilla y yacía despanzurrada con mi ropa sucia desperdigada por la hierba y el barro.
Nunca supe que le atrajo tanto de mis enseres personales a aquel animal, pero está claro que estuvo a punto de arrancar la tienda de cuajo para obtener aquellas prendas ¿Sería un macho en busca de pareja en celo?, o quizá, ¿una hembra interesada por la moda capitán Tapioca?
Nunca lo sabré, pero las tres horas que pasé acurrucada en la caseta, rodeada de sombras, agazapada en la penumbra de la noche africana hasta que se hicieron las primeras luces del alba, admirando la belleza del agua que bebían las estrellas del cielo ugandés, a medio camino entre el sueño y la entelequia, me hicieron comprender la sutil línea que en esos parajes hay entre la vida y la muerte. Yo permanecía en la orilla de los vivos, fortuitamente; la muerte acechaba en el agua, en aquella planicie brillante de color azulado que el amanecer descubrió engañosa, fresca y acogedora, casi apetecible para sumergirse en ella.  Aquellas horas grabaron en mi conciencia lo que de verdad es importante, la esencia del origen que todos llevamos dentro y el recuerdo de la voluptuosidad primigenia que aquel voluminoso amante hubiera podido despertar en mí, de haber pertenecido a su mismo linaje.
(Relato basado en una experiencia real en Uganda 2003)
Ascension Badiola