Cuentos mínimos y otras extravagancias: El zoo

Aquella tarde sentí lástima del pobre chimpancé. Saltaba de rama en rama. Se rascaba los sobacos. Se acercaba a mí. Me miraba. Se iba. Le vi allí encerrado en su jaula grande, preso entre unos barrotes. Volvió a acercarse y me habló con sus característicos sonidos guturales. Me dijo: Vivo, a salvo de la libertad. A mí me dan de comer. Tengo donde dormir, hembras a las que inseminar y no pienso, pero tú tienes mala cara.¡Qué malo debe ser eso de ser libre!